Llegó otro abril, amor, y aquí estamos. 4 rayas pandas sobre el tejado maltratado del planeta. Cuántas veces hemos abierto la llave del chorro, del agua y la hemos dejado abierta días y días sin ser responsables del gasto, del posible daño a la sed de otros peces o la melancolía de los cactus y la sensibilidad urinaria del papayo o las frambruesas.
La semana santa tan callada, tan caliente y tan herida siempre en la misma estrofa de los hijos y los panes para el paseo. Son cuatro años ya que no me importan ni las torrejas ni los dromedarios petrificados en miel en las ollas bautismales. Semana Santa somos vos y yo recostados en la hamaca, los gritos infantiles que se irán poniendo roncos año con año hasta desaparecer como las chicharras, esta obstinación de amor que nos ha dejado convalecientes tantas veces y sin embargo, seguir con ganas de administrarnos el veneno amor que nació para no dejar testigos.
Si doy vuelta al cajón podré hallar tus papelitos, donde me dices ven o me dices vete! en ritmos tribales o folías y cada sitio de la ciudad me parece nuestro, porque en cada uno recuerdo un beso o un ramo de flores de tu desdén arrepentido. El pececito negro que compramos a los tailandeses y que murió de frío en una de nuestras tantas hambrunas. Los colores de la tarde que me pintaste una vez detrás de los ojos para que durmiera siempre con algo de luz como la luna. A veces tú no has querido, a veces he sido yo y yo soy del signo Basta!, pero siempre hay uno de los dos dispuesto a sostener el hilo de nuestra nube levadiza.
Sólo tengo que agregar el beso de hace 12 horas exactas. El mismo beso donde me acomodo como una salamandra en tu estructura osea cada vez más fina más estatua, porque la conozco, como si yo misma hubiera podido tallarla, armarla-amarla a mi gusto y desemejanza. No puedo imaginarme este fin del mundo sin vos y eso es tan nuevo en mi nomenclatura de nómada que me voy a poner a aullar, a abrir hoyos, a morder los sillones de la ama naturaleza por todas partes, hasta cansarme y quedarme nuevamente dormida con el quiebrapalitos Manuel: vos me apasionas.
La semana santa tan callada, tan caliente y tan herida siempre en la misma estrofa de los hijos y los panes para el paseo. Son cuatro años ya que no me importan ni las torrejas ni los dromedarios petrificados en miel en las ollas bautismales. Semana Santa somos vos y yo recostados en la hamaca, los gritos infantiles que se irán poniendo roncos año con año hasta desaparecer como las chicharras, esta obstinación de amor que nos ha dejado convalecientes tantas veces y sin embargo, seguir con ganas de administrarnos el veneno amor que nació para no dejar testigos.
Si doy vuelta al cajón podré hallar tus papelitos, donde me dices ven o me dices vete! en ritmos tribales o folías y cada sitio de la ciudad me parece nuestro, porque en cada uno recuerdo un beso o un ramo de flores de tu desdén arrepentido. El pececito negro que compramos a los tailandeses y que murió de frío en una de nuestras tantas hambrunas. Los colores de la tarde que me pintaste una vez detrás de los ojos para que durmiera siempre con algo de luz como la luna. A veces tú no has querido, a veces he sido yo y yo soy del signo Basta!, pero siempre hay uno de los dos dispuesto a sostener el hilo de nuestra nube levadiza.
Sólo tengo que agregar el beso de hace 12 horas exactas. El mismo beso donde me acomodo como una salamandra en tu estructura osea cada vez más fina más estatua, porque la conozco, como si yo misma hubiera podido tallarla, armarla-amarla a mi gusto y desemejanza. No puedo imaginarme este fin del mundo sin vos y eso es tan nuevo en mi nomenclatura de nómada que me voy a poner a aullar, a abrir hoyos, a morder los sillones de la ama naturaleza por todas partes, hasta cansarme y quedarme nuevamente dormida con el quiebrapalitos Manuel: vos me apasionas.

2 comentarios:
Nora, me gusta la canción de Alanis Morissette que pusiste, y con respecto al post que bonita declaración de amor.
Saludos.
:)
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