La irracionalidad política no es parecida a la irracionalidad poética, si bien es cierto que en ambas existe violencia y tiranía, son de distinta índole y andamios.
Según nos relata Fernando Rendón, poeta y organizador del evento, "la irracionalidad política colombiana ha llevado este año a que dos provocadores, Harold Alvarado Tenorio y Eduardo Escobar, hayan lanzado una serie de calumniosos ataques a través de los diarios locales El Mundo y El Colombiano contra el Festival Internacional de Poesía de Medellín, en días recientes".
Es lamentable que el Festival que reúne a más de un centenar de exponentes de la poesía de todo el mundo, en la única maravillosa ciudad que se detiene unos días para recibirlos, peligre por la sospecha de tan sólo dos individuos que además de hacerse llamar poetas, reciben la venia del narcogobierno de Alvaro Uribe, ese presidente que entre otras cosas ha sabido usar la palabra como un arma aliada en su guerra contra la narcoguerrilla a través de e-mails, direcciones electrónicas y super computadoras mágicas.
Todo poeta que haya pasado por la experiencia de Medellín me dará con seguridad la razón, si digo que nos oponemos a la censura de esa reunión de lenguas y premoniciones, rotundamente. En un país como Colombia, en Medellín para ser exactos, fue la palabra la primera opción contra la violencia, contra el sonido de las armas, y no puede callarse, negársele a quien por tradición y amor la pide. Hoy como desde hace 18 años, el Festival de Poesía en Medellín sigue teniendo razones, si tomamos en cuenta la frágil situación de paz a nivel regional que vive Colombia con otras naciones, debido al uso inescrupuloso de la palabra, ahora escrita en computadores.
Cuándo llegará el día -me pregunto- en que los gobiernos resuelvan solos sus asuntos sin meternos a nosotros, los ciudadanos. Así como cuando realizan sus negocios sucios de los que quisieran nadie se enterara.
Si Alvaro Uribe está en guerra o en deuda con los demás pueblos de América Latina, es su problema y debería resolverlo por la misma vía en que los produjo; no es culpa de los colombianos o de la poesía, no es culpa de la palabra ni de su poder maravilloso de nombrar y aparecer las cosas, o desaparecerlas. El Festival de Medellín es de la gente que lo disfruta y escucha, de los poetas que somos/fuimos felices como niños en esa fiesta; sería injusto que los amigos de Uribe y su demencia paranoica proBush anti-latinoamericana tuvieran la osadía de quitarnos la dicha y lo que es peor, pedirnos/hacer que nos callemos en la ciudad que ya conquistó la palabra en voz alta.

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